Señor, Rey mio y Dios de todos. Escucha mis palabras atiende a mis suplicas, pues a ti elevo mi oración. Por la mañana escuchas mi aliento, muy temprano te expongo mi caso y quedo esperando tu respuesta.

No eres tu un Dios que se complace en lo malo, los malvados no pueden estar a tu lado, ni en tu presencia hay lugar para los orgullosos (Salmo 5,1-4). Si, Señor, con estas mismas palabras quiero suplicarte por tu bendición al terminar este intenso día, quiero sentir que tu presencia me proteje y me impulsa a vivir un buena noche.

Señor mio, lléname de alegría, de gozo, de jubilo y de todos los buenos sentimientos que mi corazón necesita para estar motivado y seguir haciendo lo mejor en mi vida.

Te agradezco porque hoy me has dado la oportunidad de escuchar las palabras que bastan para estar sano y que me llenan de tal manera que no tengo que ir ninguna otra parte porque ellas son Palabras de vida eterna. Por eso te doy gracias.

AMÉN.

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